Tras 38 años de andar por el camino de la vida, he llegado hace algunos días a un punto al que, aunque sabía que algún día alcanzaría, creía que los años que me tomaría estar aquí serían casi eternos. Desde qué emprendí mi camino una montaña apareció en el horizonte, un gran monolito, majestuoso, fuerte, imperturbable, nevado en su cresta mostrando siempre la ruta correcta que debía seguir, presente como un faro para guiarme hacia adelante. Sus nieves perpetuas fueron siempre una fuente de agua cristalina que bajaba por ríos y canales hasta mis pies permitiéndome continuar andando, suministrando el vital líquido día con día, incluso cuando dicha agua llegaba un poco turbia o con algún ligero sabor desagradable no dejaba de ser fuente de vida.
Y así pasaron los años, algunas veces mi necedad me llevó a profundas cañadas donde perdía de vista su guía más su agua siempre llegaba, de alguna manera encontraba la ruta hacia mi. Cuando al fin lograba salir y retomar mi camino me enfilaba de nuevo hacia caminos más transitables.
Hace un par de meses llegue tan cerca que pude mirar detalles que no había percibido, note la erosión que el viento y la lluvia ocasionarán con el paso de los años, las grietas en su glaciar formadas tras años de compartir sus aguas que como a mi (aunque yo fuera el más beneficiado), llegaron a muchos otros ayudándoles a seguir su camino, me acerque a tal punto que ahora debo dejarla atrás.
Llevo días acampado sobre sus faldas, no he querido avanzar, ¿como acostumbrarme a seguir sin verlo en el horizonte?, ¿hacia donde ir?, se muy bien que cada vez que mire hacia atrás ahí estará, tan majestuoso y fuerte como siempre para recordarme tantas cosas, para guiarme desde otra perspectiva, desde una nueva posición.
Se que debo levantar campamento y seguir adelante, pero no será hoy, unos días más y prometo emprender mi camino pero no hoy...
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